El escándalo Comey continúa: El régimen de Trump se enfrenta a una crisis creciente

El despido del director del FBI James Comey ha llevado a una espiral de crisis política en Washington. Las profundas divisiones en el establishment político y del aparato del Estado se han agudizado aún más debido a las acciones autoritarias de Trump. Decenas de millones de personas que se oponen totalmente a la agenda racista, machista y contraria a la clase trabajadora de Trump —y que no tiene ningún mandato democrático—, ya han tenido suficiente y simplemente quieren que se vaya.

 Trump cava su propia tumba

Se habla mucho en los medios sobre paralelismos con el Watergate. Y efectivamente, las cuentas de la cenas de Trump con Cumey donde él presuntamente le exigía su “lealtad” y su amenaza después de despedirlo en Twitter, diciendo que más le valía a Comey esperar que no hubiese “grabaciones” de la discusión ciertamente recuerdan a la era de Nixon.

Ahora parece que fue Comey quien guardó notas detalladas de todas sus discusiones con Trump. The Washington Post y The New York Times informan de que estas notas incluyen la exigencia de Trump de que Comey dejase de investigar a Michael Flynn, el anterior consejero de seguridad nacional que fue obligado a dimitir en febrero después de mentir sobre sus contactos con el régimen ruso.

Técnicamente Trump tiene la autoridad para despedir al director del FBI, pero lo que cada vez es más claro es que esto es parte de un torpe intento para invalidar la investigación del FBI sobre los lazos de su campaña con el gobierno ruso. Esto también es conocido como obstrucción a la justicia. Si Trump realizó las grabaciones, y estas corroboran las notas de Comey, se verá muy dañado.

Mientras la Casa Blanca seguía profundizando en la crisis, el Fiscal General en funciones, Rod Rosenstein, nombró a un asesor especial, el anterior director del FBI Robert Mueller, con amplias competencias para investigar los lazos rusos y otros asuntos que “pueden surgir directamente de la investigación”. Esto garantiza que la crisis política durará meses; pero también garantiza que el establishment tiene un ojo puesto sobre Trump. Uno sólo puede estar de acuerdo con el comentario de Julian Epstein quien fue defensor de los Demócratas cuando Clinton se enfrentaba al impeachment: “Con el nombramiento de Mueller, [la administración] ha perdido totalmente el control sobre este tren y tiene habilidades muy limitadas para manejar la creciente crisis en torno a ello. Esto quedará como uno de los intentos más ineptos y contraproducentes de control de daños que hemos visto jamás en la esfera pública” (The New York Times, 18/05/2017).

La dirección republicana del congreso, que hasta ahora había apoyado enérgicamente a Trump a lo largo de sus giros y cambios de tumbos, de repente se calló antes de dar la bienvenida rápidamente al nombramiento del nuevo asesor especial. Algunos de sus críticos republicanos se han alineado con el senador John McCain diciendo que los escándalos de Trump han llegado al “nivel Watergate”.

¿Qué ha hecho que Trump actúe de esta manera? Hay dos posibles explicaciones. Podría estar tratando desesperadamente de impedir la revelación de evidencias que hundirían su presidencia. Por otro lado, el despido de Comey podría ser un acto de paranoia y fanatismo de control por un indisciplinado presidente enfurecido por los recientes testimonios del director del FBI en el Congreso. Dos parecen escenarios posibles a estas alturas. En cualquier caso, es evidente que Trump se levanta cada día y descubre nuevas maneras de cavar su tumba y hacerla más profunda.

Tendencias autoritarias

Desde el principio de la administración Trump resaltamos que, para llevar a cabo una agenda reaccionaria, alberga tendencias autoritarias reales. Es evidente que admira “hombres fuertes” como Putin, el presidente turco Erdogan, o el presidente filipino Duterte. Le gustaría seguir el ejemplo de Erdogan y depurar el estado de elementos “desleales”. Ya ha apuntado al Departamento de Estado, la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA por sus siglas en inglés) e incluso el Servicio de Parques Nacionales (el cual publicó fotos que no mostraban la multitud “sin precedentes” que según él asistió a su inauguración). Él y su secuaz Stephen Bannon (actualmente apartado) llamaron a los medios el “enemigo del pueblo”.

Pero a pesar de que los ataques de Trump a sus oponentes en la administración del Estado hayan sido casi tan incompetentes como la implantación del veto a los musulmanes o su insistencia en el muro en la frontera con México, deben ser tomados en serio. Los socialistas nos oponemos totalmente a estos intentos de concentrar más poder en la ya súper poderosa “presidencia imperial”. Defendemos las mayores reformas democráticas para limitar y controlar el aparato del Estado capitalista. Estamos en contra del secretismo del gobierno autoritario, tanto de este gobierno de la derecha como de la represiva seguridad estatal. Exigimos que el gobierno y las grandes empresas que lo controlan abran sus cuentas para que la clase trabajadora tenga toda la información necesaria para sacar conclusiones sobre los crímenes de los ricos y poderosos.

No obstante, esto no significa que alberguemos confianzas en el aparato del Estado capitalista en general o en el FBI en particular como “guardianes de la democracia”. El FBI ha sido una herramienta de represión política desde que J. Edgar Hoover se centró contra la izquierda y el movimiento por la liberación negra hasta el estado de vigilancia de Bush/Obama. Tampoco tenemos esperanzas en Comey. Mientras que la ola de autoritarismo de Trump no es ninguna broma, es francamente cómico ver a los demócratas y a The New York Times ocupados en defender el honor de Comey cuando se han dedicado casi todos los meses anteriores absurdamente a tratar de culparle de la victoria de Trump (y a los rusos también).

La élite liberal, y un creciente número de líderes republicanos, están muy preocupados de que si Trump no es detenido continuará debilitando la credibilidad del imperialismo estadounidense. Como socialistas no nos importa la credibilidad de este sistema podrido pero, igual que millones de personas, queremos que este peligroso régimen que se ha propuesto atacar a inmigrantes, mujeres, pobres, personas de color y a la clase trabajadora en su conjunto, sea derrocado. Y deberíamos ser muy claros: los derechos democráticos, incluyendo el derecho a protestar y la libertad de prensa, están en la lista de objetivos de Trump y su Fiscal General, Jeff Sessions. De hecho, un seguidor de Codepink acaba de ser condenado a un año simplemente por reírse brevemente en la audiencia de confirmación de Sessions! Trump también sugirió a Comey en uno de sus encuentros que los periodistas han sido encarcelados por publicar información clasificada. Sobre esa base la filtración del Watergate podría no haber sido publicada nunca.

Trump y la clase dominante

Hasta ahora Wall Street ha apoyado a Trump y a su gabinete millonario por sus promesas de volar las regulaciones y por impulsar que se aprueben rebajas fiscales para los súper ricos. Ellos, y el sector de la élite corporativa que se centra casi exclusivamente en los resultados y beneficios a corto plazo, están preparados generalmente para tolerar la incompetencia y el extraño comportamiento de Trump mientras su agenda siga adelante. Esto es, sin duda, un enfoque miope. Pero incluso ellos tienen sus límites, y su paciencia se va a agotar si los escándalos de Trump continúan orbitando fuera de control y amenazando sus intereses más amplios, así como la legitimidad del sistema. Asimismo, la dirección del Partido Republicano se ha preparado para adaptarse a la gran oportunidad que ofrece controlar el Congreso y la Casa Blanca.

Pero aunque queremos que Trump y su agenda abandonen la escena lo antes posible, se necesitará un movimiento de masas y mayores revelaciones para forzar el proceso de destitución. La clase dominante buscará cualquier otra vía, incluso convencer a Trump de que abandone por voluntad propia, por improbable que esto pueda parecer. Y esto es así por todo el daño político que un juicio de impeachment causaría a sus intereses. Ya hemos visto en algún medio que Trump podría ser apartado por la enmienda 25 de la Constitución, la cual establece que el gabinete puede apartar al presidente si es “incapaz de desempeñar los poderes y responsabilidades de su mandato” y sustituirlo por el vicepresidente. Algunos en la izquierda apuntan que si Trump es apartado, será reemplazado por Mike Pence, un cristiano de derechas convencido. Esto es verdad, pero el punto central es que cualquier gobierno post-Trump sería objetivamente aún más débil. Un gobierno así podría sufrir grandes presiones de movimientos de masas, a su vez fortalecidos por la derrota de Trump.

Otro elemento a tener en cuenta es, por supuesto, la base de Trump. Hasta ahora Trump ha contado con un apoyo que ronda en torno al 40%, el porcentaje mínimo para un presidente desde que se hacen encuestas, pero suficiente para mantener a la mayoría de los representantes republicanos bajo control. Muchos de los simpatizantes de Trump de clase media y clase trabajadora ven las acusaciones sobre Rusia y el despido de Comey como una caza de brujas liberal, aunque la obstrucción a la justicia sería otra cosa. Lo que ha perjudicado inmediatamente a su apoyo son sus políticas antiobreras como Trumpcare. Pero lo que llevaría a un serio colapso en el apoyo a Trump sería que sus votantes constatasen que sus promesas sobre generar puestos de trabajo eran un fraude. Muchos estarán dispuestos a esperar algo más antes de sacar esta conclusión porque, desgraciadamente, no ven ninguna alternativa política creíble. Ésta desde luego no vendrá de los Demócratas, controlados por las corporaciones.

¿Cómo derrocar a Trump?

Por supuesto que no podemos descartar la posibilidad de más revelaciones o de perjuicios autoinfligidos aún más serios que puedan llevar a una implosión del régimen de Trump en un futuro relativamente cercano. Pero la Casa Blanca podría superar esta fase y retomar su “normal” funcionamiento de dar tumbos de una crisis a otra crisis por un largo periodo.

Durante y desde las elecciones presidenciales, los Demócratas se han dirigido a Trump como un agente de Putin. Nos oponemos totalmente al dictatorial y reaccionario régimen ruso y estamos de acuerdo en que deberíamos saber la verdad sobre los lazos de Trump (y de sus impuestos); pero no hemos apoyado de ninguna manera el intento de los Demócratas por agitar el nacionalismo en torno a esta cuestión. El eje central de nuestra oposición es la agenda reaccionaria de Trump y su amenaza de organizar una concentración de poderes autoritaria.

¿Qué enseña la historia? El presidente demócrata Lyndon Johnson fue efectivamente derrocado por la acción de las masas contra la guerra de Vietnam en 1968 y se vio forzado a no presentarse a la reelección. A simple vista parece que Nixon fue apartado por las filtraciones del Watergate contra los demócratas, que fue orquestado por los operativos de Nixon. Pero ese fiasco, provocado por un crecientemente trastornado y paranoico Nixon, también fue la consecuencia indirecta de la brutal presión del movimiento de masas y de la radicalización de la juventud.

Mientras sectores de la clase dominante están, por el momento, posicionándose cada vez más en contra de Trump para intentar y proteger los intereses generales de su sistema, el mayor error para la clase trabajadora y la izquierda sería confiar en que ellos echen a Trump. Todas las evidencias apuntan a la timidez y cobardía de la dirección del Partido Demócrata a la hora de oponerse a Trump. Su política capitalista ha dañado su imagen pública y les impide movilizar a la mayor oposición pública luchando por una sanidad pública para todos, impuestos para los ricos, educación superior gratuita, programas públicos para crear millones de puestos de trabajo sindicalizados bien pagados, etc.

Tomemos el ejemplo del Trumpcare. Mientras los demócratas están radicalmente en contra y trabajan por construir una oposición, su principal estrategia es aspirar a ganar las elecciones en 2018 y 2020. No hay ninguna duda de que millones de personas que contundentemente se oponen a las políticas de Trump intentarán hacer a los republicanos pagar el mayor precio político posible en las elecciones de 2018 y 2020. Pero no tenemos que limitarnos sólo a eso. Es aún más importante construir nuestro propio poder como trabajadores, desde abajo. Podemos desafiar el Trumpcare ahora mismo construyendo un gran movimiento de masas. Esto requeriría de una estrategia de propaganda, asambleas públicas y mítines masivos por todo el país. A su vez esto podría sentar las bases para una acción más extendida entre el movimiento obrero incluyendo huelgas, empezando por los trabajadores de la sanidad, y construyendo una “marcha para la mayoría” que terminase en la ocupación masiva de Washington, DC. Sin embargo, los líderes del Partido Demócrata, y sus millonarios dirigentes, se oponen frontalmente a este planteamiento.

La tarea más importante es que la clase trabajadora, y todos los oprimidos por el sistema capitalista, construyamos nuestra propia organización levantando movimientos independientes basados en nuestros intereses sociales. Esta es la garantía más efectiva contra Trump y la mejor manera de frenar sus ataques. Hay que vincular la resistencia contra la política económica, social y antidemocrática de Trump a la lucha por echarlo del poder e impedir que sus sucesores continúen con sus políticas. Esto requerirá de un movimiento sostenido a gran escala que llegue a ser una revuelta popular (como vimos a finales de 1960 y principios de 1970).

Un desarrollo de estas características seguramente forzaría a muchos sectores del establishment a intentar impugnar a Trump, o a apartarlo a través de otros medios, precisamente para detener la creciente agitación social. Es cierto que nuestros movimientos están actualmente lejos de ese punto, a pesar de sus dimensiones, debido a su débil organización y liderazgo, pero la profundidad de la crisis que el régimen de Trump ha desatado está preparando precisamente el terreno para este tipo de explosiones.

Necesitamos hacer de este verano un verano de lucha. Tal y como Kshama Sawant, concejala socialista de Seattle, dijo recientemente en Democracy Now: “No podemos esperar a ver si habrá o no evidencias en las investigaciones, las cuales, por supuesto, deben continuar. La pregunta es: ¿Qué podemos hacer ahora? Y yo creo que ahora mismo es el momento para verdaderamente construir movimientos sociales” (11/05/2017). A través de la movilización de masas podemos desafiar el Trumpcare en las próximas semanas. Una victoria como ésta sería un golpe decisivo para la derecha y sería un paso muy importante para ayudar en la construcción de un movimiento de la clase trabajadora y la juventud que pueda desafiar al 1%, republicano y demócrata, y crear nuestra propia fuerza para cambiar la sociedad.

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